Los carnavales de Malva Solís

285787_117261201788447_1381391604_n.jpgLos carnavales de Malva Solís por Pietro Salemme Silvert

Los carnavales siempre pasan. Esos días de gloria donde todo es posible suceden a finales de febrero cada año, con un feriado nacional. A pesar de que el tiempo fue variando las formas, que durante antes desaparecieron en los barrios las comparsas, las pachangas, el bombero loco, los rey momo, cada tanto, y en algunos puntos, resurgen los colores y sonidos del carnaval.

Malva Solís murió en 2015 a los 92 años. Y dejó un legado que de a traves de diversas notas póstumas se moldea a conveniencia. Por eso conviene ir a la fuente, a sus memorias. “Mi recordatorio. Autobiografía de Malva” fue el libro que publicó EUDEBA en 2011. Una contundente biografía que recorre un siglo a través de los tacos, las uñas, las pelucas, el cuerpo y el alma de la mujer trans mas longeva de la argentina. Desde aquel jovencito chileno que con 17 años se atreve a la aventura sanmartiniana de cruzar los andes juntos a sus amigos hasta su vejez.

Pocos años antes de su muerte, recordaba los carnavales sacando un puñado de fotos de una caja y colocándolas sobre la mesa. La visité en dos oportunidades. Y la tercera vez nos trasladamos para una extensa entrevista que quedó registrada en video. Luego encontró la posibilidad de vivir en un hogar para la tercera edad, ella ya no quería vivir sola.

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Nada más gorila que el propio peronismo
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La cuarta, de izquierda a derecha, Malva.

Todo tiempo pasado no fue mejor. Y eso es lo primero que se desprende en la lectura de “Malva. Mi recordatorio”. Un testimonio que busca perpetuarse. Hay tiempos de los cuales nos hablaron los padres o los abuelos. Y los libros de ciertas ciencias formales. Malva es coloquial, temerosa y sincera con su propia memoria. Y la memoria es aquella huella que nos cuenta de cómo un episodio nos aconteció sensiblemente.
La vida de Malva comienza en Chile en los albores del siglo XX. Un comienzo casi épico nos lleva a cruzar la cordillera de los Andes clandestinamente y en alpargatas para entrar a la Argentina por Mendoza de la mano de cuatro maricones, como Malva se refiera a ella y sus amigos.
¿Qué era una “mariquita lenci”? ¿Qué era un “puto garrote”? El lenguaje era otro. Divertidos y curiosos resulta descubrir ciertos códigos. Pero el recordar de Malva viene a contarnos otra cosa. Porque mucho se ha escrito sobre el peronismo, al punto de que el mito se vuelve puro y no sirve mas que para nombrarlo como algo indestructible e insuperable. De un modo u otro todos tenemos un cuentito escuchado en la mesa familiar sobre esa parte de nuestra historia. Pero en este caso, la historia la firma un Maricón. A medida que uno avanza en los episodios, el temor de Malva en la escritura, expresado en la redundante aclaración de que solo se trata de su experiencia, se comprende. Si hacemos un punto en este presente con una Ley de Matrimonio Igualitario y nos echamos hacia atrás, hacia los días de Malva, como si fuera una línea de tiempo a la inversa, muchos no podrían creerlo. Del mismo modo que ella, en aquellos años, no podría haber pensado en una ley como la obtenida en 2010.

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Los diferentes sexuales a los que se refiere sus recuerdos, la tienen como protagonista. En este libro, el género es indistinto. Y no viene a cuento, porque había una sola bolsa, o mas bien, un solo pabellón para los diferentes sexuales de Buenos Aires, y estaba ubicado en el peor sector de la cárcel de Devoto. Allí terminaban por algunos meses las maricas que reunidas en un café para pasar el rato, dejaban caer una pluma. Si la pluma era recogida por un policía, estabas dentro. De una. El tono de voz, una mirada, un gesto, todo servía para que un cana te levantara y luego era cuestión de inventar una historia o buscar una contravención. Malva nos cuenta de una Buenos Aires, que quería a las maricas fuera de las calles. De una policía corrupta, obsesiva y homofóbica. Y de un gobierno que no hacía nada. A cada página, y tras cada detención, trazaba inmediatamente la línea de tiempo hacia mi presente y me preguntaba si yo hubiera sobrevivido a todo aquello. Quizá si, como muchos. Quizá no, como muchos. Nada más gorila que el propio peronismo, pensé. ¿Y por qué comulgar con aquel peronismo que atentaba contra la vida homosexual? No tengo ninguna razón para comulgar con aquella idea política. Porque ese fulgor de pueblo, ese ser popular y nacional no aceptaba a las maricas. Había bota. Y bien calzada.

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486138_101494180031816_655278081_n.jpgEn cierto modo Malva me recordó a algunos pasajes de las memorias del cubano Reynaldo Arenas en “Antes que anochezca”. Por eso cuando algunos colegas enardecidos me hablan de las virtudes de Fidel Castro y su Cuba les digo que yo siempre me vi muerto en ese régimen, o perseguido. ¿Dé que me hablan?
Los baños de asiento de malva se utilizan para el culo. Yo recomiendo la lectura de Malva a aquellos estrechos que al defender a rajatabla un momento histórico en el cual no estuvieron presentes, caen en el fanatismo de ciertos religiosos. Porque finalmente, Perón o Dios pueden ser lo mismo para quien no tiene una mente/fe ciega.
Lo bueno es que las palabras de Malva se quedan. Y llegan con la imagen de esa señora de plateados cabellos, cortos y prolijos, de manos arrugadas y expresión tranquila. Esa imagen no figura en las fotos del joven con gafas negras de 1951 en Parque Lezama, ni las fotografías del “estudio de confianza” podrucidas como señoritas, ni en las de los carnavales… Pero sin duda es Malva… En todas, es Malva.

Pietro Salemme Silvert

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